Migración en pluma

Nadie es Ilegal

La lucha contra el racismo y la violencia de estado en la frontera entre México y Estados Unidos.

Migración en pluma

Autor: Mike Davis & Justin Akers Chacón.
Editorial: Editorial Popular.
Año: 2006.

Las imágenes de cientos de hombres armados que en camionetas se dirigían a la frontera entre Estados Unidos y México con el propósito de impedir el paso de migrantes irregulares no ha surgido exclusivamente de la coyuntura entre el gobernador del Estado de Texas y el gobierno de Biden. Hacen parte de una práctica que resulta más frecuente de lo que se imagina. Este libro hace una indagación en ese sentido.


NADIE ES ILEGAL

“Este es un país de hombres blancos y así debe permanecer”
(Liga de Exclusión de Asiáticos - 1909).

 

Según los autores, “Los campos de California han sido irrigados muy frecuentemente con la sangre de sus trabajadores” (Akers & Davis. 2006. P. 15). Esto lo afirman para señalar el modo en que se han organizado los propietarios para hacer frente a las demandas de sus empleados que protestaban por mejores beneficios económicos. A medida que se hace la lectura del libro, se puede comprobar que esta práctica ha sido reiterada y que no fue exclusiva del estado cuya capital es Sacramento.
En 1933, por ejemplo, se desató una huelga de los trabajadores de las granjas que se manifestaban contra las pésimas condiciones laborales. Más de doce mil empleados que estaban agrupados en un sindicato, decidieron detener sus brazos y no proporcionar su fuerza de trabajo a los patrones. Las cosechas se detuvieron y las ganancias empezaron a verse disminuidas. Las respuestas de los granjeros fueron graduales.

Primero contrataron esquiroles de otras ciudades para reemplazar la mano de obra y hacer fracasar la protesta. Los empleados no cejaron en su empeño e incrementaron las manifestaciones contra los patrones. Ellos, por su parte, aumentaron la vehemencia. De la noche a la mañana aparecieron los minutemen (1) y se hicieron generalizadas las expulsiones de los huelguistas de los lugares donde hacían los campamentos. Hubo incendios, golpizas, detenciones. A los líderes que mostraban obstinación singular se los asesinó.

Según el historiador Philip Taft, citado por Mike Davis, los Estados Unidos tienen la más violenta historia laboral de las naciones industriales. Ninguna otra nación ha exhibido un salvajismo comparable con tal de ver funcionando su sistema de producción de mercancías. La razón fundamental está en que los empresarios han reemplazado el papel del estado y han contratado grupos de vigilancia privada que no han escatimado esfuerzos para hacer que la voluntad de las ganancias se imponga. Entre 1870 y 1937 hubo 700 huelguistas muertos. La mayoría de ellos cayó a mano de estos vigilantes privados que ejercen represión de acuerdo con el dinero que les paguen sus contratantes.

De acuerdo con los autores, en los Estados Unidos hay dos modos básicos de represión: la del Estado y la privada. La primera se puede dividir en federal (ejército regular), estatal (tropas militares, guardia nacional y policía estatal) y local (policía, sheriffs, pandillas juramentadas). La privada también puede subdividirse así: zona central (policía corporativa y agencias privadas de detectives -Pinkertons), Sur (Supremacistas blancos organizados -Ku Klux Klan) y Oeste (Orden de los caucasianos).

Esta estructura de represión privada, con claros tintes racistas, ha generado enfrentamientos de estas fuerzas con los trabajadores que se organizaron en grupos de resistencia. “Cuando las muertes por linchamiento se combinaban con las ejecuciones legales, moría un afroamericano cada cuatro días, como promedio” (ibid. P. 23). California es el epicentro del vigilantismo. Esta estructura se creó para salvaguardar la propiedad privada y las fronteras.

La masacre de Latimer en 1987, donde comisarios y vigilantes asesinaron a veintiún mineros esclavos que pacíficamente protestaban por el recién aprobado ‘impuesto a extranjeros’, fue una masacre contra los inmigrantes (“¡Les daremos infierno, no agua!” gritaban los comisarios) y también una represión de clase. Asimismo, muchos de los aparceros negros y campesinos independientes que fueron asesinados o linchados en el sur estaban señalados por desafiar al amo, competir con los blancos por la tierra o prosperar inusualmente (ibid. P. 25).

El vigilante reclama el derecho de actuar porque, supuestamente, hay un vacío que el Estado no puede suplir. Ante la ausencia o inacción de las autoridades, se abrogan el derecho de hacer ‘justicia’. En muchas ocasiones, entonces, la violencia pandillera se organizó como un sofisticado movimiento de ciudadanos que pretendían suplir las manos ‘inoperantes’ de las autoridades.

La frontera entre México y los Estados Unidos se concretó con el tratado Guadalupe-Hidalgo. Desde el inicio fue, en términos de Marx, un terreno de conflicto por la acumulación primitiva. Esa violencia se escenificó siguiendo los presupuestos del Destino Manifiesto (2). Esta fue la excusa perfecta para llevar a cabo lo que Mike Davis denominó: ‘imperialismo personal’. Es decir, algunos blancos se creían con el derecho divino de tomar las riquezas que la tierra les ofrecía. Obviamente, las primeras víctimas fueron los indígenas, los negros, los migrantes y los pobres que se salían de la ‘legalidad’ establecida por los colonos. Para ratificar esto solo basta una cifra: en 1846 había aproximadamente 150 mil indígenas. Tan solo 30 años después la cifra se había reducido a 30 mil aborígenes.

Hubo otro tipo de víctimas de este aparato de represión privado. Los chinos, los japoneses y los filipinos fueron algunas de ellas. Los chinos hacían parte de la población barata que llegaba al territorio norteamericano. Muchos entraban de manera ilegal y recibían tratos despectivos. Eran aceptados por su enorme disciplina de trabajo, pero marginalizados y tratados con xenofobia. Elaboraron leyes antichinas que los mantenían al margen de cualquier idea de progreso. Llegaron al colmo de hacer un referendo preguntando a la población blanca si estaban de acuerdo con la permanencia de los asiáticos. El 94% de los preguntados dijeron que estaban de acuerdo con expulsarlos.

Para reemplazar la mano de obra china que fue expulsada, se trajeron japoneses. El trato que recibieron fue semejante. Al poco tiempo, los empezaron a ver como competidores directos porque los nipones trabajaban arduamente con el ánimo de comprar propiedades y hacerse granjeros norteamericanos. Eso hizo que la violencia contra ellos se diera sin tregua. Los maltratos se generalizaron y fueron tan abusivos que causaron protestas diplomáticas del gobierno de Japón exigiendo respeto para sus connacionales. “En esta campaña “Aplastar al japonés” de 1922-23 se utilizaron desde carteles, boicots, escupitajos a transeúntes japoneses hasta asaltos y agresiones, siendo mayor la violencia si el norteamericano de origen japonés persistía en mudarse a un barrio de blancos y actuase como un ciudadano estadounidense común” (Ibid Pág. 49).

En vista de que la mano de obra escaseaba, el gobierno del estado de California decidió importar trabajadores desde Filipinas . Con ellos tuvieron un poco más de tolerancia porque habían supuesto una inversión considerable. Sin embargo, las exclusiones, los señalamientos y la discriminación no fue muy diferente de la que le había ocurrido con los demás trabajadores migrantes que llegaron a sus fronteras.

De otro lado, los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) fueron vistos con malos ojos por las clases dominantes de los Estados Unidos. La intención de esta organización sindical era agrupar a los trabajadores marginalizados que no hacían parte de ningún tipo de sindicalismo y que eran vulnerados por el sistema. Les llamaban los wobbies (escandalosos) porque solían hacer concentraciones públicas para conversar con los trabajadores y exponer sus problemáticas. Tuvieron mucha receptividad porque la inmensa mayoría de empleados estaban en esa misma condición teniendo en cuenta que eran migrantes de escasos salarios.

Los vigilantes aparecían en medio de las manifestaciones con el propósito de hacer que los manifestantes se dispersaran. En muchas ocasiones, la violencia subía de nivel y se presentaban heridos, detenidos e, incluso, muertos. Las reprimendas se hacían extensivas a los abogados y los periodistas que intentaron plantear miradas disidentes a la del consenso blanco. Un periódico de la época recomendaba: “a los ciudadanos leales llevar puestas las banderas norteamericanas en las solapas, con la siniestra sugerencia de que aquellos que se negaban a exhibir su patriotismo o a hacer consideraciones indebidas sobre la ley de derechos debían ir pensando en un reacomodo” (ibid. P. 63).

Ni siquiera personalidades y celebridades se salvaron de las medidas represivas. Por ejemplo, Upton Sinclair, reconocido escritor y periodista del siglo XX, fue arrestado por estar leyendo la constitución en medio de una protesta. Se lo acusaba de comunista. “Cualquiera que coincida con nosotros es un ciudadano de primera clase y cualquiera que no coincida con nosotros es un ciudadano sin voto” (Ibid. P. 85).

El libro de Akers y Davis es muy importante si se quieren comprender fenómenos como los ocurridos recientemente con el gobernador Gregg Abbot de Texas. Este gobernador decidió colocar a lo largo de su frontera con México una alambrada peligrosa para los cientos de miles de migrantes que se atreven a cruzar el río. La Corte Suprema ordenó el retiro de esas concertinas por ser violatorias de los derechos humanos. La respuesta de Abbot fue desconocer la disposición legal y convocar a ejércitos de ciudadanos que pronto acudieron a su llamado. Se dieron a conocer como ‘El ejército de dios’ y manifestaban que estaban cumpliendo la misión que la providencia les había encomendado y para lo cual, previamente habían considerado a los migrantes como animales, seres con escasa o ninguna importancia.


1. Los minutemen surgen en las guerras de fundación de los Estados Unidos. Eran hombres armados que estaban dispuestos a responder frente a las comunidades indígenas, en caso de que éstas se negaran a abandonar sus territorios. Se los llamó así porque la respuesta que daban era expedita, no tardaba más de un minuto en aparecer en las granjas a defender los intereses de los nuevos propietarios blancos. Estos grupos han seguido funcionando a lo largo de la historia de manera paralela a la de las fuerzas policiales y militares.
 

2. El Destino Manifiesto fue una doctrina implementada por los colonos europeos que llegaron a América. Consistía básicamente en sostener que la providencia les había otorgado esa tierra al otro lado del Atlántico para aumentar su riqueza. La doctrina supone, además, que no existan fronteras establecidas de antemano y que ellos podían ir hasta donde sus deseos dijeran. Es un principio que ha acompañado el afán expansionista norteamericano.

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